
Encima de nuestras cabezas, dijo, todo se mueve. Encima de nosotros y a nuestro alrededor todo se mueve, y cuando lo pienso, dijo, me cuesta trabajo entender cómo ante eso que es tan evidente algunos podemos ser tan insensibles, egoístas e ignorantes, hasta el grado de creer que las cosas y las personas que conocemos seguirán estando ahí cada día, inmutables, sólo porque sí, como si bastara nuestro ridículo capricho de querer poseer lo que no tiene dueño. Y luego, de todos modos, dijo, en cualquier instante, de un vuelco se borra todo lo conocido y te das cuenta que el terreno ya no es el mismo después que ocurre un temblor. Siguió diciendo que lo más fácil es ignorar el movimiento de las cosas, negar que el cambio ocurre y seguir esclavos de una imprudente y mediocre comodidad que nubla la visión y pone límites a la acción. Luego de un rato se volteó hacia mí, y me preguntó muy seriamente, viéndome a los ojos: Contéstame – dijo – ¿Alguna vez has sentido que eres infinita?.
No supe que decir, sinceramente su pregunta me sorprendió, y luego, de golpe, sin saber por qué, recordé las profundas noches que pasé en el desierto contemplando encima de mí el abismo estrellado, escuchando de tanto en tanto los lejanos sonidos producidos por los vagones del tren corriendo sobre las vías, viajando hacia otros destinos, hacia paisajes para mi desconocidos; recuerdo que sobre mí las estrellas se movían tan rápido que el horizonte cambiaba a cada minuto a medida que la noche partía un poco más. El desierto y su vastedad me llevó a pensar en lo diminutos que somos los seres humanos, y en lo enormes que somos, ambas cosas al mismo tiempo. Imaginé un paseo a pie por las montañas, vino a mi mente la idea de que las plantas crecen sólo porque sí. Pensé en galaxias, en tortugas desovando sobre la tibia arena blanca. Pensé en un caracol y en la marea golpeando la playa; pensé en que es muy cierto que nada deja de moverse, que todo cambia. Me acordé del color de los hongos que crecen en agosto cerca del volcán. Infinita. Es una maravilla que las palabras pretendan atrapar lo inefable. Infinita.
No contesté la pregunta. Sentirse infinita. Voltee, vi su rostro y sus ojos grises me miraban; recosté mi espalda sobre el sillón y cerré los párpados. Sentí y callé, mientras la noche partía un poco más.