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Uno mismo es un abismo.

Uno mismo es un abismo.
Agua la mar y el cielo, agua en tus ojos y en mi saliva, en el río agua.

sábado, febrero 28, 2009

Hoy.

Sí, después de todo, no le importaba ya ni su nombre, ni por qué o cuándo había llegado a esa ciudad de la que ahora partía sin motivo y abandonando tras de sí las calles que resplandecían bajo una luna que brillaba llena, orgullosa, único alumbrado del camino por el cual partía y dejaba ese sitio donde las personas parecen no observar, mucho menos sentir, cómo la vida se transforma más allá de la pantalla de su televisor.

Solamente entonces comprendía que ya no importaba contar los días, ni pensar a cuántos esquemas había renunciado, cuántos hábitos mudados, igual que pieles que ya no alcanzan a cubrir la extensión del cuerpo y sólo entonces se caen, como los envoltorios de una serpiente que es otra de tiempo en tiempo en su reptil metamorfosis.

Los rostros aunque siempre distintos, los veía todos iguales: animales humanos a montones, algunos sin tener de qué hablar; otros, enredándose en eruditas y absurdas peleas útiles para demostrar quién sabía más de cosas que, al final, resultaban ser sólo montones de palabras valiosas para inflar los egos como colas de pavo real, pero con menos colorido, y sin sentido.

Atrás se quedaba el ruido de los vecinos que vivían arriba del que fue su pequeño cuarto, y los gritos de los niños que antes de saber lo que significa crecer sueñan ya con ser adultos. En días como esos recordaba las palabras de un extraño que una vez le habló de las estrellas y de cómo la vida de algunos parecía a veces un monstruo ávido, insaciable de deseos que sólo los llevaban a perderse a sí mismos...

Lo que es y ya no es
todo en un mismo instante
punto por punto
otro tramo recorrido
tiempo que inagotable se agota
extraña paradoja
La eternidad y el instante.

– Me gusta ver mi reflejo en tus pupilas. Le decía, mientras él le tocaba el sexo y cerraba los párpados dejándola sola, ya sin reflejo, volcada en las sensaciones que le producían los atareados dedos hasta dejarla sin aliento.

Dejó de pensar en la muerte que no llega todavía pero acecha siempre, paciente, segura de su inminencia y de su certeza, de su necesidad absoluta. Solamente entonces comprendería que nada es en vano y que no había nacido sino para estar sola, fuera del mundo aunque en él, ausente y ajena: ni hijos, ni Dios, ni hombre por quien llorar, ni promesas que cumplir a otros, ni tierra que reclamar más que su propio cuerpo, su propia extensión de piel y huesos, cabello y sangre, humores y sueños...

Otro día se había agotado, seco y caluroso; la lluvia golpeando la superficie del mar era ya sólo un recuerdo. Voltea a ver su imagen reflejada en el cristal de la última construcción que habrá de ver:

–Me gusta ver mi reflejo en mis pupilas. Dice, abriendo aún más los ojos, y sigue.

miércoles, enero 21, 2009

Liberación Femenina...



Nunca antes lo había visto y sin embargo una sola seña, una inclinación de cabeza bastó para que lo siguiera hasta la esquina por donde luego se alejarían del punto donde la avenida se convierte en un vertedero con cuatro vías de escape automovilístico hacia distintos puntos de la ciudad. Una sola seña y ella había picado gustosa, un pez que no desconfía del anzuelo y muerde. "Resistirse" sería raro, porque está convencida de que no hay algo extraño en acceder a las demandas sexuales de casi cualquiera. Aceptaba porque sí, sin preguntarse nunca por la razón que la llevaba a hacer que su vida girara en la preocupación por complacer a otros, por estar disponible; por ser "conquistada". Pasaba de los veinte años, pero ya desde un poco después de haber cumplido los trece tenía una tremenda curiosidad respecto al sexo – había oído hablar de ello por todas partes – y mientras sus amigas jugaban carreras o daban paseos en bicicleta ella deseaba ser grande y verse "sexi" – aunque no entendía lo que esa palabra quería decir. Sexi, igual que las chicas que tenían éxito y cantaban en la televisión.

A Luz la inquietud se le gastaba en buscar al hombre que se haría cargo de ella, aunque sin empacho asegurara ser una mujer liberada; y es que, al fin y al cabo, ¿cómo decir que no a alguien que la salvase de sí misma?

– !Ay, Luz! ¿Para que quieres estudiar? – decía su madre cuando Luz era una casi adolescente y todavía le gustaba leer durante horas alguno de los pocos libros que había en su casa.
– Mejor empéñate en bajar esa barriga y así algún día podrás casarte con alguien que te saque de aquí, alguien que trabaje para tí. Porque una mujer sirve para parir a sus hijos y pelear por su marido. !Recuerda a cuántas "gatas" me he chingado por andar de coscolinas con tu padre!...

Luz escuchaba mientras su madre le decía estas palabras sin voltear a verla, mientras le hablaba y mantenía la vista fija en la pantalla del televisor. Y desde entonces, sin pensar nunca el por qué de sus motivos, Luz busca en cada hombre la posibilidad que cumpla tal predicción. Sin importar por quién o cómo ella se deja enamorar – o se enamora – del primero que la mira con algo de condescendencia. Su abultado vientre le recuerda que si quiere ser feliz tiene que estar delgada y buscar un marido. No le importa estar inscrita en la universidad, no sabe por qué está estudiado y evita pensar, vive el momento.

Salen del bar. En la esquina suceden algunos besos y más caricias; él le habla muy cerquita y ella siente asco cuando el hombre la toma del cuello con las dos manos y le dirige el rostro hacia el miembro erecto. Pasan minutos que a Luz le parecen horas. No la desnuda, le toca el sexo, le habla sucio, no la mira. Eyacula y la olvida. Ella se despide, no quiere ir con él cuando le dice que la lleva a su casa. Regresa al bar, divertida en su solitario afán por huir de sí misma y en busca de alguno que la trate como reina, y la mantenga, y la haga "su mujer". Alguien que la libere. Alguien que cumpla las palabras de mamá.